Moverse dentro o cruzar fronteras: los datos que cuestionan el mito de la migración interna como alternativa al éxodo internacional
Existe un supuesto que ha circulado durante décadas en los documentos de cooperación al desarrollo y en los programas de los organismos multilaterales: si los países lograran crear oportunidades en sus ciudades intermedias y polos regionales, los trabajadores rurales podrían mejorar su situación sin necesidad de emigrar al extranjero. La migración interna —de campo a ciudad, de región periférica a metrópoli— se ha presentado como una vía de desarrollo menos costosa socialmente, más manejable políticamente y más compatible con los objetivos de cohesión territorial.
Una acumulación reciente de estudios comparados, realizados en contextos tan distintos como el corredor rural-urbano de México, las migraciones internas en Nigeria y los patrones de movilidad en Bolivia, está poniendo en cuestión esa narrativa. Los datos sugieren algo que resulta incómodo para quienes diseñan políticas de desarrollo desde los ministerios y las agencias internacionales: emigrar al extranjero produce, en términos de movilidad económica y educativa, resultados sistemáticamente superiores a los del desplazamiento interno. Y esa brecha no es pequeña.
Qué miden los estudios y qué encuentran
Los trabajos más rigurosos en este campo utilizan metodologías de comparación entre grupos similares —controlando variables como nivel educativo inicial, origen rural o urbano, género y sector de actividad— para aislar el efecto específico del tipo de migración sobre los resultados económicos y sociales.
En México, investigadores del Colegio de México y de universidades estadounidenses han comparado las trayectorias de trabajadores originarios de los mismos municipios rurales de Oaxaca o Guerrero que tomaron caminos distintos: unos se desplazaron hacia Ciudad de México o Guadalajara; otros cruzaron la frontera hacia Estados Unidos. Controlando las características de partida, los migrantes internacionales obtienen salarios entre un 40 y un 70 por ciento superiores a los de sus pares que se quedaron en el país, incluso descontando los costes de la migración irregular y las remesas enviadas a las familias.
En Nigeria, estudios similares muestran que los trabajadores que emigran a Europa o América del Norte logran, en promedio, multiplicar por tres o por cuatro su capacidad de envío de dinero a sus hogares de origen respecto a quienes se desplazan a Lagos o Abuja. Y los hijos de migrantes internacionales tienen tasas de escolarización secundaria y universitaria significativamente superiores a los hijos de migrantes internos, incluso cuando estos últimos se han desplazado a ciudades con mejor oferta educativa que las zonas de origen.
Por qué la distancia importa tanto
La explicación de esta brecha no es intuitivamente obvia. ¿Por qué cruzar una frontera produce más movilidad que desplazarse varios cientos de kilómetros dentro del propio país? La respuesta tiene varias dimensiones que los modelos económicos convencionales tienden a subestimar.
La primera es la magnitud del diferencial salarial. Los mercados laborales de los países del Norte global ofrecen remuneraciones que, incluso para trabajos no cualificados, pueden superar en cinco o diez veces el equivalente disponible en las ciudades del Sur. Ninguna migración interna, por más que el destino sea una metrópoli dinámica, puede reproducir ese diferencial cuando la economía de origen y la de destino pertenecen al mismo nivel de desarrollo.
La segunda dimensión es la protección legal. Paradójicamente, un migrante mexicano en Estados Unidos con permiso de trabajo tiene acceso a derechos laborales que con frecuencia superan a los que disfruta un trabajador mexicano en Ciudad de México en el sector informal. La regulación laboral de los países receptores del Norte, pese a sus imperfecciones, ofrece en muchos casos mejores condiciones que los mercados informales de las grandes ciudades latinoamericanas o africanas, donde los migrantes internos se concentran en los segmentos más precarios.
La tercera dimensión es la selectividad de la migración internacional. Emigrar al extranjero requiere, en muchos casos, mayor inversión inicial, mayor tolerancia al riesgo y redes sociales más desarrolladas. Es posible que parte de la ventaja observada no se deba al tipo de migración en sí, sino a que quienes emigran al exterior son, en promedio, individuos con mayor capital social y mayor capacidad de adaptación. Sin embargo, los estudios más sofisticados, que controlan estas variables mediante técnicas de emparejamiento estadístico, siguen encontrando un efecto positivo y significativo de la migración internacional independiente de las características previas de los migrantes.
Lo que esto revela sobre las desigualdades territoriales internas
Si la migración interna produce resultados tan inferiores a la internacional, la conclusión más relevante para la política pública no es que haya que facilitar la emigración —aunque eso también sea pertinente—, sino que hay algo profundamente disfuncional en la estructura territorial de los países que genera esa brecha.
Cuando un trabajador de Chiapas gana más en California que en Ciudad de México haciendo el mismo trabajo, eso no habla solo de las diferencias entre economías nacionales. Habla de la incapacidad del Estado mexicano para distribuir oportunidades de manera que las zonas rezagadas puedan ofrecer alternativas reales a su población. Lo mismo puede decirse de un trabajador de Oromía que encuentra en Múnich condiciones que Addis Abeba no puede ofrecerle.
En otras palabras: la superioridad de la migración internacional como estrategia de movilidad no es una ley natural. Es el síntoma de políticas territoriales que han fallado en reducir las brechas dentro de los propios países. La desigualdad entre regiones dentro de un mismo Estado puede ser, en muchos casos, tan pronunciada como la desigualdad entre países.
Las implicaciones para la política de desarrollo
Esta evidencia tiene consecuencias directas para cómo se diseñan los programas de desarrollo territorial. Si la migración interna hacia ciudades intermedias no produce los resultados esperados porque esas ciudades no ofrecen diferenciales salariales suficientes ni mercados laborales formales accesibles, entonces la inversión en infraestructura urbana sin reforma del mercado laboral es una política incompleta.
Algunos investigadores proponen reorientar la inversión desde la infraestructura física —carreteras, aeropuertos, parques industriales— hacia el capital humano y la calidad institucional en las regiones de origen, con el objetivo de que los migrantes internos que regresan encuentren condiciones que hagan viable quedarse. Pero esta estrategia requiere horizontes temporales que pocas administraciones están dispuestas a asumir.
Otros apuntan a la necesidad de reconocer la migración internacional como una estrategia de desarrollo legítima, en lugar de tratarla como un fracaso de las políticas territoriales. Eso implicaría diseñar mecanismos para que las remesas y el capital humano adquirido en el exterior se traduzcan en inversión productiva en las regiones de origen, cerrando el ciclo de manera que el éxodo genere desarrollo en lugar de despoblamiento.
Una narrativa que necesita actualizarse
El mito de la migración interna como alternativa preferible al éxodo internacional ha servido, en muchos casos, para justificar políticas restrictivas hacia la emigración sin abordar las causas reales que la generan. Los nuevos datos obligan a una conversación más honesta: si queremos que las personas encuentren oportunidades cerca de casa, hay que crear esas oportunidades. Mientras eso no ocurra, la frontera seguirá siendo, para millones de personas, la única política de desarrollo que funciona.