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Emprender desde la diferencia: los migrantes que crean trabajo donde otros ven obstáculos

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Emprender desde la diferencia: los migrantes que crean trabajo donde otros ven obstáculos

Photo: Crawford, Ruth, Public domain, via Wikimedia Commons

En el barrio madrileño de Lavapiés, una cooperativa de costura fundada por mujeres senegalesas da empleo a quince personas de seis nacionalidades distintas. En el distrito de Sants de Barcelona, un restaurante boliviano que abrió durante la pandemia con capital reunido entre familiares y amigos es hoy uno de los establecimientos con mejor valoración de la zona y emplea a ocho personas, la mitad de ellas españolas. En Bogotá, un venezolano que llegó sin nada en 2019 dirige una empresa de logística de última milla que factura más de doscientos mil dólares anuales.

Estas historias no son excepciones. Son el resultado predecible de una combinación de factores que los investigadores llevan años documentando: la necesidad como catalizador, las redes comunitarias como capital social, y una tolerancia al riesgo forjada por la experiencia de haberlo dejado todo.

Una contribución que no aparece en los titulares

Cuando se habla de migración en los medios de comunicación españoles e iberoamericanos, el marco narrativo dominante sitúa a los migrantes como receptores de servicios públicos o como mano de obra en sectores de baja cualificación. Raramente aparecen como creadores de riqueza, empleadores o innovadores.

Sin embargo, los datos cuentan otra historia. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo publicado en 2022, los migrantes tienen tasas de emprendimiento superiores a la media de la población nativa en la mayoría de los países europeos. En España, datos del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo indican que los extranjeros representan cerca del 14% de los autónomos dados de alta, una proporción significativamente mayor que su peso demográfico en la población activa.

Lo que estos números no capturan es el efecto multiplicador: cada negocio migrante que prospera genera empleo local, reactiva locales comerciales vacíos, introduce nuevas cadenas de suministro y, en muchos casos, sirve de puente entre comunidades que de otro modo tendrían escaso contacto.

Las barreras que el sistema no quiere ver

El camino hacia el emprendimiento está sembrado de obstáculos que, aunque técnicamente neutrales, afectan de manera desproporcionada a los migrantes.

El primero es el acceso al crédito. Los bancos españoles exigen, con frecuencia, un historial crediticio local que los recién llegados simplemente no tienen. Las microfinanciadoras y los fondos de garantía públicos existen, pero su alcance es limitado y sus procesos burocráticos están diseñados pensando en un solicitante-tipo que no es un migrante con escaso dominio del castellano técnico-jurídico.

El segundo obstáculo es el reconocimiento de titulaciones. Un médico venezolano o una arquitecta colombiana que quiere emprender en su sector profesional se enfrenta a procesos de homologación que pueden durar años, durante los cuales sus conocimientos quedan congelados administrativamente.

El tercero, y quizás el menos visible, es la soledad institucional. Los viveros de empresas, las incubadoras públicas y los programas de mentoring empresarial raramente cuentan con servicios específicos para emprendedores migrantes: ni en el idioma, ni en el enfoque cultural, ni en la comprensión de sus circunstancias particulares.

Casos que deberían ser política pública

Algunas ciudades han comenzado a tomar nota. El Ayuntamiento de Barcelona, a través de Barcelona Activa, ha desarrollado programas específicos de acompañamiento al emprendimiento migrante que incluyen asesoramiento jurídico en varios idiomas y acceso a redes de mentoring con empresarios de origen extranjero ya consolidados. Los resultados, aunque todavía modestos en escala, son prometedores: tasas de supervivencia empresarial superiores a la media en los negocios acompañados.

En América Latina, iniciativas como el programa Migrantes Emprendedores de Chile o los fondos concursables específicos para población migrante en Colombia han mostrado que con instrumentos adecuados, el emprendimiento migrante puede escalar y formalizarse, generando impacto fiscal y social medible.

Lo que estos programas tienen en común es una premisa simple pero transformadora: tratar a los migrantes emprendedores como activos para el desarrollo local, no como casos de asistencia social.

Lo que las políticas públicas deberían hacer diferente

Para que el potencial emprendedor de la población migrante se traduzca en desarrollo económico sostenible, se necesitan cambios concretos en varios niveles.

En el plano financiero, ampliar el acceso de los migrantes a líneas de microcrédito público con garantías adaptadas a su situación, reconociendo como aval las redes comunitarias y los proyectos de negocio viables en lugar de los historiales bancarios locales.

En el plano administrativo, simplificar y acelerar los procesos de homologación de titulaciones para quienes quieran emprender en su sector de formación, creando vías exprés para profesionales con proyectos de negocio concretos.

En el plano institucional, integrar de forma permanente el emprendimiento migrante en las estrategias de desarrollo económico local de los municipios, con líneas presupuestarias propias y no dependientes de proyectos piloto puntuales.

La narrativa que necesitamos

Más allá de las políticas concretas, hay una tarea cultural pendiente: cambiar el relato. Cada vez que un medio de comunicación, un político o un informe institucional reduce la migración a una cuestión de gestión de flujos y presión sobre servicios públicos, está invisibilizando una realidad económica compleja y rica.

Los migrantes emprendedores no son una curiosidad estadística. Son una parte activa del tejido productivo de nuestras ciudades. Reconocerlo no es solo una cuestión de justicia narrativa: es una condición para diseñar políticas que aprovechen plenamente lo que ya está sucediendo, con o sin el apoyo del sistema.

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